Nominados del Saló: Aquel verano, de Mariko Tamaki y Jillian Tamaki

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Los relatos sobre el fin de la infancia y el tránsito al mundo adulto son un género en sí mismo que, pese a visitarse con frecuencia y contar con numerosas obras de envergadura, sigue funcionando muy bien. No siempre, claro, porque el tema, cualquier tema, no da el mérito por sí solo, requiere el trabajo del creador y, por qué no decirlo, la entrega del lector. Esto último viene al caso porque fundamenta el placer de estas lecturas al tratar una experiencia compartida. Da igual la distancia geográfica o temporal, aunque puedan añadir un plus generacional o nostálgico, incluso mejor si no es así, porque en mejores o peores circunstancias todos nos hemos enfrentado a ese cruce vital en que la niñez se nos deshace entre las manos mientras el mundo de los mayores nos acecha cada vez con mayor insistencia. La niñez tiene otras reglas, otros intereses y es capaz de deformar la realidad, abstraerla durante un tiempo, pero luego poco a poco empezamos descubrir, a entender otro plano que estaba ahí delante, a nuestro alrededor, un plano que querrá dominarlo todo. Hemos pasado por ahí, y por eso como material para moldear historias es muy poderoso, tanto para el autor como para el lector. Otra cosa es que sea fácil, que no lo es. Requiere tacto, sutilidad, evocación y, sobre todo, emoción. Virtudes que en Aquel verano, de Mariko Tamaki y Jillian Tamaki (La Cúpula) están muy presentes.

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Estas dos primas canadienses, con ascendencia nipona por parte de padre, ya habían dado muestras de su valía con Skim (también en La Cúpula), otra excelente novela gráfica cuya edición española mereció mejor fortuna, no en balde estuvo nominada a los Premios Eisner y obtuvo varios galardones, entre ellos el Ignatz al mejor debut. Ya allí expresaban su interés por el paso previo al mundo adulto con la historia de una adolescente atraída por la parafernalia gótica y bicho raro del instituto que observa con desprecio la reacción de compañeros y profesores tras el suicidio de un estudiante.

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Regresando al meollo del asunto, el título de Aquel verano no puede anunciar mejor el momento a revisitar. Si la infancia, y su término, concentra toda su magia en algún momento, ese no es otro que las vacaciones de verano. Un periodo en el que el paso del tiempo se relativiza, que se consume gozosamente en horas muertas que parecen interminables hasta que se acaban más rápido de lo que parecía, un poco como la propia infancia. Unos veranos que ya nunca será lo mismo cuando, como aquí, el mundo adulto se filtre en la vida de la adolescente protagonista a partir de la tensión matrimonial entre sus padres, la depresión de la madre y la observación, como espía, de la historia de un embarazo no deseado entre dos jóvenes trabajadores del camping y la zona estival. Todo sucede, y se narra, desde la perspectiva de esa protagonista que percibe como su niñez se aleja contaminada por todos esos problemas que le aguardan en la vida mientras deja pasar el tiempo como sólo un niño sabe dejarlo pasar de vacaciones. Narrada y dibujada con elegancia y claridad, Aquel verano es una gran lectura sobre un tema que no por frecuentado sigue permitiendo grandes obras.

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