Las guerras silenciosas de Jaime Martín

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Jaime Martín es, sin duda, uno de nuestros grandes autores. Tras su paso por El Víbora, donde publicó Los primos del parque y más tarde Sangre de Barrio —que Norma recuperó como integral no hace mucho—, inició una sólida carrera para el mercado francés donde destaca, y mucho, Lo que el viento trae. Aunque su obra siempre ha mostrado interés por el contenido social y cotidiano, no ha sido hasta ahora, con su título más reciente, que ha decido abordarlo de lleno al margen de géneros tradicionales. Las guerras silenciosas (Norma) se suma a una afortunada corriente que ha dado algunos de los mejores cómics y novelas gráficas de los últimas décadas: la recuperación de la memoria, a menudo familiar y cercana, desde el costumbrismo y el testimonio humilde de quienes no protagonizan los libros de historia.

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Entre los años 1956-58 del siglo pasado, el régimen franquista se embarcó en una contienda bélica con Marruecos silenciada por los medios españoles. Dos años más tarde, el padre de Jaime Martín cumplió el servicio militar en la zona, en un contexto de un alto el fuego mal resuelto, es decir, de un fin de las hostilidades no oficial y sin ningún tipo de acuerdo diplomático de paz. Aunque podría haberse limitado perfectamente a explicar esa dura experiencia, Jaime Martín desarrolla y enriquece su relato con tres niveles argumentales: presente autobiográfico, esa mili del padre en el Sahara y el costumbrismo de una pareja de novios en 1960.

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El presente autobiográfico le sirve para armar una narración a partir de la entrevista a sus progenitores siguiendo, como también hace Paco Roca en Los surcos del Azar, el modelo de Maus de Art Spiegelman. Eso está bien porque subraya el tema de la memoria (individual, común) y también permite observar los cambios en el padre, que siempre explicó su mili como una gran aventura y que ahora se descubre como una pésima experiencia vital. Jaime Martín libra en este nivel una de las guerras secretas del título: la decisión de hacer un cómic sobre algo que ha odiado toda su vida: las batallitas de su padre en la mili.

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En realidad, es una historia que merece ser contada: la odisea de un joven que, como la mayoría de su generación, es secuestrado por el Estado en una etapa crucial de su vida para pasar casi dos años a miles de kilómetros de su familia, en medio del desierto del Sahara, cumpliendo el servicio militar en condiciones tercemundistas, sometido a la obediencia obligada, el trato vejatorio de oficiales, curas militares, legionarios o veteranos. Y además en el contexto de un conflicto bélico que se puede reanudar en cualquier momento. También aporta detalles como las relaciones con los nativos saharauis o la forja de sólidos lazos de amistad como refugio y supervivencia.

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El tercer nivel, el noviazgo de sus progenitores y, especialmente, el otro lado de esa mili, el de la chica que espera su regreso —otra guerra silenciosa— porque marca el inicio de una nueva vida: matrimonio, piso, descendencia. Es a partir de este nivel que la historia cobra su verdadera identidad: la descripción de un sistema social cimentado en la educación represiva, la moral estricta, la mili “que te hacía un hombre”, instrumentos que desactivaban toda protesta y convertían a los jóvenes en silenciosos currantes y amas de casa.

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Una opinión sobre “Las guerras silenciosas de Jaime Martín

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