La Infancia de Alan: Emmanuel Guibert y la evocación del pasado cotidiano.

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De entre los componentes de lo que vino en etiquetarse como Nouvelle BD, intenso movimiento de renovación del cómic francés que por extensión también lo fue del europeo, desde lo gráfico podría considerarse a Emmanuel Guibert como componente anómalo al ser quien dibuja de modo más realista; la afirmación no es correcta, no sólo porque el movimiento no se construía alrededor de un estilo sino de una forma de hacer cómics, también porque el trazo de Guibert no proviene del canon realista sino de una personal y fascinante evocación de la imagen fotográfica.

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A Guibert llegué, supongo que no fui el único, a través de El Fotógrafo (en la edición española en 3 álbumes de Glénat; posteriormente Sins Entido publicó un volumen integral) y quedé entusiasmado con su crónica de una misión de Médicos sin Fronteras en Afganistán a través del fotógrafo Didier Lefevre, cuyo trabajo se alterna con las viñetas de Guibert de una manera tan natural que despista su condición de singular híbrido. Pese a considerarlo un título clave del cómic contemporáneo, lo cierto es que desatendí a su autor. Compré los tres volúmenes de La Guerra de Alan cuando fueron saldados por Ponent Mon (aunque alegren el bolsillo, un saldo siempre es una pena) y los dejé aparcados. No fue hasta el pasado verano que los rescaté de la (enorme) pila de lecturas pendientes. La razón no era otra que los buenos, entusiastas, comentarios sobre La infancia de Alan, publicado en 2013 por Sins Entido y cuya relevancia queda clara si tenemos en cuenta que fue uno de los esenciales seleccionados por la ACDComic y que es uno de los nominados a mejor obra extranjera del Saló.

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Guibert estableció un fuerte lazo de amistad con Alan Ingram Cope, un norteamericano que tras la Segunda Guerra Mundial se instaló en Francia. El dibujante mantuvo lo que imagino cientos de horas de conversación y se embarcó en la titánica tarea de narrar su vida, la vida de un tipo común. La Guerra de Alan, realizada entre 2000 y 2008, fue la primera entrega y el resultado me pareció brillante, tanto por la poética del recuerdo como por un retrato de la guerra en las antípodas de la épica bélica o del alegato antibélico, entre otras cosas porque su protagonista nunca estuvo en el frente sino entregado a tareas burocráticas en la retaguardia y porque el relato serpentea a través de las amistades y relaciones que va estableciendo. La Infancia de Alan es la segunda entrega y, como el título hace obvio, salta atrás en el tiempo. En la entrevista que cierra el ensayo colectivo Supercomic Guibert explica que el proyecto no acaba aquí y le quedan aún unas cuantas novelas gráficas sobre su amigo americano.

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La infancia de Alan es, probablemente, superior a su precedente, entre otras cosas porque se interna con especial maestría en ese territorio mágico que es la niñez y desde la perspectiva de la niñez recordada, que es el matiz clave. Su fundamento son esos detalles que marcan la memoria: compañeros de juego ocasionales que se recuerdan toda la vida, anécdotas familiares más importantes de lo que parecen, viajes y momentos que se asientan en un solo detalle o instante; en definitiva, lo minúsculo de la felicidad y lo gigantesco de la tragedia, que también la hay, como en todas las vidas. De eso se trata, al fin y al cabo, porque la infancia de Alan es tan común como todas las infancias y tan única como todo ser humano, y ahí entran en juego el tiempo donde se sitúa, el periodo de Entreguerras y la Gran Depresión, y su paisaje: California.

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La California que recrea Guibert es una California que ya no existe, del mismo modo que por extensión tampoco los vínculos familiares y el tipo de sociedad. Son otra América y son el pasado, que parece evaporarse como los recuerdos de infancia; eso, tan difícil, lo captura Guibert magistralmente con su dibujo de inspiración fotográfica que rehuyen la mera transcripción de la realidad. En ocasiones se centra sólo en la figura humana y deja el fondo blanco. En otras dibuja paisajes y lugares como si fueran envejecidas, un poco con la estética de lo vintage, que dicen ahora. Y cuando lo dibujado son en verdad viejas fotografías, se muestran borrosas y difuminan las líneas, hermanando lo contado y lo gráfico a través de una poética de la memoria y paso del tiempo, que es de lo que va esto.

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Siempre me ha tirado para atrás el dibujo fotográfico. No negaré su mérito y esfuerzo, pero cuando se convierte en la principal aportación tengo la sensación de que sacrifica una parte del poderoso lenguaje de la historieta. Que me guste tanto Guibert no es una excepción porque su trabajo no busca reproducir la realidad a lápiz ni copiar fotografías sino transformarlas desde el prisma de la memoria cotidiana que al mismo tiempo es única y común. Supongo que eso es lo que convierte La infancia de Alan en una novela gráfica tan especial y destacable.

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