Stephen Collins, la revolución y la barba

La gigantesca barba que era el mal portada

Siempre he sido barbilampiño. A mi edad es una bendición eso de no tener que afeitarme cada día y, con el tiempo, me llega para una discreta perilla. De joven, el tema me preocupó, aunque tampoco en exceso. La barba, además de símbolo de virilidad, también lo ha sido de rebeldía. Incluso Stan Lee se refirió a ella en El hombre con la barba, su historieta sobre Fidel Castro. Hoy, la barba vive tiempos de gloria como señal de identidad e incluso forma parte de esa modernidad que han bautizado como hipster. Tras la lectura de La gigantesca barba que era el mal de Stephen Collins (La Cúpula) me queda claro que lo suyo no es una maniobra de subirse al carro de la moda, pero es evidente que ésta le viene bien: no se me ocurre mejor regalo para un amigo que luzca su barba con orgullo.

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Stephen Collins, que como ilustrador profesional ha frecuentado medios como The Times, The Guardian o el Wall Street Journal, se estrena en la novela gráfica con una fábula fantástica de tintes utópicos. Una sociedad llamada Aquí que en parte se cimenta en el miedo imbuido a otra lejana, Allí. En realidad, los habitantes de Aquí poco saben Allí, pero su difusa amenaza es suficiente para sostener una rutina ordenada y gris impuesta por el poder. Todo eso salta por los aires cuando a uno de sus habitantes le crece la barba sin parar y sin control. La fábula con mensaje es evidente que está anclada en los tiempos que nos ha tocado vivir, y por ello forma parte de la hoy frecuentada corriente distópica protagonizada por oficinistas. Lo bueno es que no se queda ahí, que la barba crece hasta convertirse en un gigantesco monstruo, un Godzilla sombrío, oscuro y amorfo.

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Lo mejor de La gigantesca barba que era el mal es el uso de las viñetas de múltiples tamaños. Diminutas para lo cotidiano y cada vez mayores para esa barba que crece sin control, hasta alcanzar dobles páginas la mar de hermosas que hermanan lo monstruoso con el expresionismo. En realidad, el cómic está lleno de ideas visuales y narrativas, y eso le sienta muy bien a una historia sobre barbas que no es oportunista pero sí militante. Por cierto, está lleno de referencias a esta canción de las Bangles, pero no tengo claro aún si Stephen Collins la odia o la ama. Espero que sea lo primero.

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